Anticomunismo con características chinas

Por Christopher Wongen 

Traducción a cargo de Reyerta & Revolución

Una nueva generación de autodenominados marxistas-leninistas occidentales ha pasado a primer plano en los últimos años, envolviéndose en los legados de Mao y Stalin. Dicen ser los herederos de los viejos partidos comunistas de la Tercera Internacional que dominaron el siglo XX y que presentaron, al menos en su mente, la mayor amenaza para el orden mundial estadounidense. Pero donde las generaciones anteriores de marxistas-leninistas se centraron en reemplazar el capitalismo, que se entendía como el principal impulsor del imperialismo, esta nueva generación de marxistas-leninistas deriva su política de un conjunto de configuraciones geopolíticas en gran parte imaginadas. Evitando incluso la lógica de “un enemigo de mi enemigo es mi amigo”, estos aspirantes marxistas-leninistas se han convencido a sí mismos de que cualquier enemigo de los EE. UU. es una utopía socialista y quizás incluso un poder antiimperialista global.

Esto los ha llevado a apoyar al actual Partido Comunista Chino (PCCh), considerándolo un modelo de socialismo internacional y antiimperialismo: el último baluarte del comunismo del siglo XX contra el imperio estadounidense en constante expansión. Lo que esta generación de marxistas-leninistas ha ignorado es el papel de China a fines de la Guerra Fría como la gran potencia anticomunista en el Este, y su papel posterior en el financiamiento del imperio estadounidense cuando invadió Afganistán e Irak. La historia de esta transición, de ser una vanguardia internacional del movimiento comunista a ser un aliado clave de la Guerra Fría estadounidense y miembro de la Organización Mundial del Comercio, es clave para comprender la estructura y el mantenimiento del sistema capitalista moderno. Sin esta perspectiva, aspirantes militantes de izquierda se quedan nadando en una realidad compuesta de slogans semi-olvidados y símbolos de un mundo que murió hace medio siglo, incapaces de ver la estructura actual da capital e imperio que compone el sistema imperial estadounidense.

Las relaciones entre EE. UU. y la República Popular China (RPC) no siempre fueron amistosas. Aunque la oposición estadounidense al comunismo disminuyó un poco como producto de su alianza con la Unión Soviética (URSS) durante la Segunda Guerra Mundial (SGM), la administración de Truman respaldó a Chiang Kai-shek y al partido nacionalista contra el PCCh en la Guerra Civil China. La “pérdida de China”, resultante de la victoria comunista en la guerra civil, fue entendida en EEUU como un importante gatillante de la política anticomunista macartista.

Casi inmediatamente después del final de la guerra civil, China y EEUU se enfrentaron nuevamente debido a la intervención de EEUU en Corea. Esa guerra vería a las tropas chinas realizar cargas de bayoneta a través de su propia artillería contra posiciones estadounidenses atrincheradas, mientras las dos naciones iban a la guerra por el destino de la península. Apenas treinta años después, la República Popular China respaldada por Estados Unidos invadiría el nuevo Estado socialista de Vietnam con el objetivo de aplastar la influencia soviética en el este de Asia. ¿Cómo podemos explicar este rápido cambio geopolítico? Una respuesta a esto se encuentra en dos crisis que enfrentó el PCCh a fines de los años 60y principios de los 70: la crisis geopolítica de la ruptura siino-soviética y una crisis de producción interna relacionada a esta ruptura que abarcó la mayor parte del período socialista chino.

Un momento clave en las dos crisis que llevarían a China al campo estadounidense fue la desindustrialización del cinturón industrial de Manchuria por parte de la URSS. Este cinturón, desarrollado por los japoneses durante su ocupación de Manchuria, fue transportado en tren al otro lado de Rusia al final de la Segunda Guerra Mundial para reconstruir la base de fabricación soviética (en contra de las súplicas de los comunistas chinos), dejando al nuevo Estado chino con un menor grado de industrialización de lo que había en Rusia en 1917, y fomentando tensiones políticas y económicas entre la República Popular China y la URSS. En cada paso del camino de China, desde incondicional comunista hasta aliado clave del imperio estadounidense, la competencia interestatal entre gobiernos nominalmente socialistas solo fortaleció al capitalismo. El resultado final de esta desastrosa estrategia es el interminable desfile de horrores, desde las plagas capitalistas a los campos de concentración, hasta los interminables ciclos de hambruna y guerra que enfrentamos hoy.

La complicidad de China en estos horrores nos enseña que el anticapitalismo es una guerra de clases, no una guerra entre estados, y que cualquier intento de confrontar al imperialismo, el gran engendro del capitalismo, por esos mismos medios está condenado al fracaso. Comprender el papel de China en el marco del imperialismo estadounidense nos recuerda cuán urgentemente debemos enfrentar el sistema capitalista mundial en su totalidad.

Tensiones sino-soviéticas

Las relaciones del PCCh con la URSS fueron frágiles desde el principio. El liderazgo de la Tercera Internacional impuesto por los soviéticos empujó al PCCh a una desastrosa alianza con el partido nacionalista chino. Esto culminó cuando los nacionalistas masacraron a los trabajadores comunistas del levantamiento de Shanghái en 1927, esencialmente destruyendo el frente urbano del PCCh. Las relaciones empeoraron dramáticamente luego del Discurso Secreto de Jruschov y la decisión de la URSS de retirar a sus asesores y técnicos como protesta contra el Gran Salto Adelante*.

El deterioro de las relaciones [políticas entre China y la URSS] intensificó aún más el cuello de botella de la producción económica de China, crisis que surgió como producto de la devastación que tanto la Segunda Guerra Mundial como la Guerra Civil China provocaron sobre la agricultura. Para aumentar la producción agrícola, el PCCh necesitaba capacidad industrial para modernizar la agricultura china con tecnología tales como tractores. Pero para construir esa capacidad industrial, el PCCh también necesitaba expandir el suministro de alimentos en el país para apoyar a una mayor población urbana para realizar el trabajo industrial. Esto creó un cuello de botella en la producción que inhibió un desarrollo mayor. En 1958, el PCCh intentó atravesar el cuello de botella usando la fuerza de sus trabajadores rurales. El Gran Salto Adelante sacó a los trabajadores agrícolas de los campos para enfocarlos en proyectos de infraestructura e intentó compensar la escasez de mano de obra creada al sacar a los trabajadores del campo. El resultado fue un desastre de época. Las hambrunas resultantes mataron a millones de personas sin reducir el cuello de botella, lo que aumentó dramáticamente la urgencia de construcción de capacidad industrial.

Las relaciones sino-soviéticas continuaron deteriorándose a medida que avanzaron los años 60. En 1969, estalló un conflicto abierto entre las tropas chinas y soviéticas en la isla de Zhenbao(1), la que casi desató una guerra entre los ambos países, y que provocó la movilización de divisiones de los ejércitos de ambas naciones a lo largo de toda la frontera. Este conflicto fronterizo finalmente provocó la ruptura decisiva entre China y la URSS. La solución de Mao a este problema fue iniciar negociaciones con EEUU con los objetivos de conformar una alianza antisoviética y de obtener acceso a la tecnología estadounidense. Esas transferencias de tecnología fueron vitales para el futuro de la economía china. Esquemas de sustitución de importaciones como el que estaba a punto de implementar el PCCh fracasaron en gran medida, como fue el caso de Venezuela y el Pacto Andino en los años 70, porque las empresas multinacionales se negaron a vender a los países la tecnología necesaria para crear competidores industriales nacionales(2). Sin embargo, EEUU sí estuvo dispuesto a enviar a China fábricas completas como transferencias tecnológicas, pero a un precio diferente: el PCCh tendría que vender al movimiento comunista internacional.

El realineamiento de China hacia el capitalismo estadounidense

La primera señal de esta traición fue el papel activo de China en el apoyo a Pakistán durante el genocidio de 1971 en Bangladesh. Para 1972, la reunión de Mao con Richard Nixon fue la señal de que el giro anticomunista estaba completo. Con este giro, China se convirtió en un aliado cercano de Estados Unidos y en el baluarte del anticomunismo en el este de Asia y más allá. A mediados de la década, el PCCh estaba otorgando préstamos a Pinochet, apoyando a UNITA en Angola junto con Sudáfrica y Estados Unidos contra Cuba y la Unión Soviética(3) y había abierto relaciones diplomáticas con potencias capitalistas reaccionarias, desde el régimen de Marcos en Filipinas hasta Japón. Deng Xiaoping selló esta alianza al invadir Vietnam en 1979 en defensa de los Jemeres Rojos respaldados por Estados Unidos, a quienes el gobierno vietnamita había estado tratando de derrocar. El PCCh afirmó haber matado a 100.000 comunistas vietnamitas en esa guerra, lo que le rompió la columna vertebral al movimiento comunista en Asia del Este y que puso fin a ese frente de la Guerra Fría, permitiendo que EEUU se volara completamente sus masacres en América Latina y África, además de la defensa de Europa frente a la URSS y los movimientos comunistas internos.

China continuó respaldando a los movimientos anticomunistas en todo el mundo durante el resto de la Guerra Fría. Para entonces, la Guerra Fría casi había terminado. El movimiento comunista, traicionado por los suyos y en picada irreparable, terminó con la caída de la URSS y la victoria total del capitalismo estadounidense.

El realineamiento de China hacia el Bloque Capitalista también resolvió otro problema para EEUU. La disminución de las tasas de ganancia durante la crisis de los años 70 provocó un exceso de producción masiva no rentable en el sector manufacturero, acompañado por un capital que era imposible de invertir de manera rentable. Esta crisis se manifestó en una serie de burbujas de deuda que se extendieron desde América Latina hasta Japón. Sin embargo, la integración de la población altamente educada pero extremadamente pobre de China en la economía global, como fuente de mano de obra y mercado, sostuvo la manufactura el tiempo suficiente como para que el capitalismo lograra capear la tormenta.

El capital comenzó a fluir hacia las industrias chinas, un proceso que se intensificó a través del colapso de la burbuja de Asia oriental en los años 90. Las líneas logístico-militares estadounidenses que alguna vez contuvieron la amenaza del comunismo chino se volcaron por completo al servicio de las exportaciones chinas a los EEUU a través de la llegada del transporte marítimo en contenedores. Fue durante este período que la alianza militar de China con el imperio estadounidense se transformó completamente en una alianza económica. El imperialismo estadounidense se basa en la deuda: su poder financiero y militar son inseparables. El gasto deficitario estadounidense paga al ejército estadounidense, que a su vez se utiliza para extraer tributos mediante el obligar a otros países a comprar deuda estadounidense que nunca se podrá pagar. Es a través de este arreglo —compras de deuda a punta de pistola— que se mantiene el imperio estadounidense. Pero a pesar de las posturas de los funcionarios estadounidenses y chinos (respaldados por una industria armamentística), EEUU no puede coaccionar militarmente a China, puesto que cuenta con armas nucleares y el ejército más grande del mundo.

Esto le da un papel a China en la política imperialista estadounidense que es absolutamente único. A diferencia de otros importantes compradores de bonos estadounidenses (Japón, Corea del Sur, Alemania) que son protectorados militares estadounidenses y, por lo tanto, incluso pueden ser obligados a aumentar el valor de su moneda, China subvenciona la maquinaria de guerra estadounidense por su propia voluntad. Más precisamente, el PCCh financia las guerras de Estados Unidos para mantener el alto valor del dólar en relación con el yuan, lo que le entrega a China una gran ventaja competitiva en la fabricación, además de una fuente fundamental para el crecimiento económico masivo de China. Pero las consecuencias para el resto del mundo son enormes. Aunque China claramente no obligó a Estados Unidos a invadir Irak, sí le financió la guerra. En coalición con los protectorados militares estadounidenses de Asia oriental, China cubrió los enormes déficits presupuestarios que resultaron de la combinación de la Guerra de Irak, los recortes de impuestos de la era Bush y la recesión de principios de la década de 2000, apuntalando la economía estadounidense cuando comenzó la guerra. Las compras de bonos chinas se intensificaron con el gasto estadounidense tanto en Afganistán como en Irak. De hecho, el PCCh se convirtió en un entusiasta participante en la nueva Guerra contra el Terror al aliarse estrechamente con Israel, adoptando técnicas y tecnologías de contrainsurgencia estadounidenses del floreciente intercambio y, finalmente, contratar al mercenario estadounidense Erik Prince para su despliegue en Xinjiang”.

China es cómplice y, en cierto modo, responsable del imperialismo estadounidense. El PCCh se puso del lado del capital en la Guerra Fría, condenó al movimiento comunista internacional en el proceso y continúa financiando el imperialismo estadounidense hasta el día de hoy. Pero afirmar simplemente que ambos estados son malos es perder el punto. El imperialismo en su forma moderna es un producto del capitalismo. El capitalismo es un sistema mundial, no simplemente el producto de las decisiones de países en particular. Reemplazar un imperio capitalista por otro es inútil. Cualquier forma de política antiimperialista que se centre en las naciones invariablemente llega a enfrentar una de las caras del capitalismo contra otro, que sólo puede reproducir el mismo sistema que dice combatir. Solo a través de una confrontación con todo el sistema mundial capitalista, sin importar el color de su bandera, puede terminar la pesadilla del imperio. 

Enero de 2021

Notas 

1. Goldstein, Lyle J. “Regreso a la isla de Zhenbao: quién comenzó a disparar y por qué es importante”. El Trimestral de China , no. 168 (2001): 985-97.

Coronil, Fernando. El Estado Mágico: Naturaleza, Dinero y Modernidad en Venezuela , pp. 262-285.

Jackson, Steven F. “Política exterior del tercer mundo de China: el caso de Angola y Mozambique, 1961-93”. El Trimestral de China , no. 142, 1995, págs. 388–422.

* Política de industrialización acelerada impulsada por la presidencia de Mao entre 1958 y 1961 [Nota de Reyerta & Revolución]

Texto original:

https://lausan.hk/2021/china-anti-communism/

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